lunes, 28 de agosto de 2017

Viaje de egresados





Primera parte

Camila se hallaba sentada frente al ordenador, tenía un anotador y una lapicera a un costado del mismo. Sus ágiles dedos habían escrito en el buscador TURISMO ESTUDIANTIL y aguardaba con ansiedad que el circulito celeste dejara de girar para que se abriera la página mostrando las distintas opciones.
Cursaba el cuarto año en un colegio mixto y ya era tiempo de ocuparse de elegir la compañía de turismo responsable de dar cumplimiento a su sueño, el de emprender junto con sus compañeros el viaje de egresados.
Tomó nota de los datos de cada una y de sus correspondientes servicios, luego los cotejaría con los recogidos por sus compañeros en otras fuentes.
En algún otro lugar Ernesto tomaba mate en compañía de su mujer, era su único día franco. Se desempeñaba como chofer de larga distancia y, si bien contaba con un buen ingreso, había que mantener a una familia numerosa, por lo que su presupuesto no alcanzaba para cubrir más allá de lo esencial.
No estaba de acuerdo con la política llevada a cabo por los dueños de la empresa donde trabajaba, pero no le quedaba otra alternativa que acatarla, pues ya se había presentado a dejar su currículum en todas las de la competencia y éstas se rehusaron a contratarlo, porque en los análisis previos había salido a la luz su úlcera gastroduodenal. En cambio, la compañía que lo empleó no le pidió realizar ningún examen médico.
Camila ya había elegido el lugar que deseaba visitar. Su sueño era conocer el Norte del país: Jujuy, Salta, la pequeña Tucumán… Ahhhh, de sólo pensarlo se conmovía toda…
También decidió la compañía de transporte que le pareció más conveniente, en especial por el bajo costo, detalle más que importante dado el presupuesto bastante apretadito con el cual contaban; además el nombre de la empresa: “Nosotros en el camino” le había encantado desde el primer momento.
Ya provista de los datos pertinentes viajó hasta el colegio para encontrarse con los otros tres compañeros, que junto con ella formaban el grupo organizador de la tan esperaba excursión.
El Jefe de Ernesto le había comunicado que estaba primero en la lista para cubrir el servicio de la zona Norte, y que como era la época de finalización de clases, habían publicado y distribuido  panfletos con los itinerarios y precios, detallando la totalidad de  zonas que abarcaban sus excursiones. Al saberlo, preguntó si todas las unidades habían sido preparadas como correspondía, la respuesta corta y concisa -¡¡Todos nuestros vehículos están en perfectas condiciones!!- no le dio cabida a refutar tal detalle. Sabía, por conocimiento de causa, que la cruda verdad estaba muy lejana de lo expresado, razón por la cual decidió llegarse hasta los talleres de la compañía para revisar personalmente el ómnibus que se le había otorgado.
Una vez que Camila se reunió con los otros organizadores del viaje, que habían sido designados por votación unánime de sus compañeros, tomó la palabra:
-Esto es lo que hallé en internet, no hay mucho para elegir que se adapte a nuestro presupuesto. La tendencia actual es viajar en avión y nosotros estamos lejos de poder acceder a ello, de modo que tomé nota de tres empresas que se manejan con micros.
Y mientras decía esto entregaba fotocopias con la información recopilada a cada uno de sus compañeros. Había resaltado con color la que le parecía más apropiada.
Johana, por su parte, mencionó a dos compañías: “Rutas Argentinas” y “Se hace camino al andar”. La primera había sido recomendada por un primo que había contratado sus servicios y se mostraba satisfecho. La otra contaba con una larga trayectoria y estaba avalada por muchos colegios.
Ariel aportó el dato de una empresa que le dio su hermano, aunque éste se remontaba a varios años atrás, por lo que no fue tomado en cuenta.
Y Germán, como era de suponer, aconsejó utilizar los servicios de la compañía de  turismo que dirigía su tío. Deliberaron sobre la conveniencia de incluirla en el listado, puesto que su contratación podría prestarse a suspicacias. Tras un breve debate resolvieron dejarla afuera, de manera que la elección recaería sobre una de las empresas aportadas por Camila y Johana.
Después de evaluar las particularidades de cada una optaron por “Nosotros en el camino”, debido a una significativa diferencia en el precio de los pasajes.
Ernesto sabía, por comentarios de otros choferes, que la ruta hacia el norte argentino tenía sus bemoles, por aquello del apunamiento, ya que llegando a Catamarca el camino iba en ascenso. Y mostró preocupación ante la decisión de sus superiores de otorgarle ese recorrido. Debía verificar dos asuntos importantes: uno era el estado del micro que se le había asignado y el otro tenía que ver con su salud.
La empresa donde trabajaba no se caracterizaba por mandar a sus choferes a realizarse controles médicos, por lo que decidió ocuparse de ello por su cuenta. De paso consultaría si su úlcera constituía impedimento para ese tipo de viaje.
Tampoco le dedicaban demasiado tiempo a la revisión de los micros, algo que Ernesto pudo comprobar apenas echó un vistazo a la unidad que le tocaba conducir, motivo por el cual solicitó a un mecánico ajeno a la compañía que evaluara a fondo el vehículo, para poder ratificar o erradicar sus sospechas.
El mecánico particular revisó la unidad en profundidad, al finalizar frunció el ceño y luego preguntó:
-¿Hace mucho que no le hacen mantenimiento?
Ernesto sonrió con ironía y se limitó a decir:
- Por algo te llamé…
- No podés ir al norte con un micro en estas condiciones, a duras penas llegaría a Santa Fe. Exígeles que te lo pongan a punto, yo no puedo meter mano
- ¿Tan grave es? – preguntó Ernesto, alarmado
- Sólo con mirar el estado de las gomas te das cuenta… ¡Están lisas! Y ni hablar de los frenos, mejor no me explayo. Pedí que le hagan un service general. – concluyó el otro
Y dicho esto, el hombre se despidió. Ernesto le dio las gracias y decidió que hablaría cuanto antes con los directivos para hacerlos entrar en razón.
Transcurrió el tiempo y los chicos –ya cursando el quinto año-  no veían la hora de cumplir con su sueño, el de realizar su viaje de egresados.
Pese a que el costo del pasaje y la estadía estaban siendo abonados por sus padres en cuotas accesibles, ellos no deseaban perderse una sola excursión, y el paquete turístico incluía sólo dos, de modo que el resto corría por su cuenta.
Entonces resolvieron recaudar fondos por medio de la creación de rifas, también organizaron bailes y ferias del plato, contando con el permiso del colegio. Y todo ello les aportó una buena cantidad de dinero para llevar a cabo sus objetivos.
La compañía “Nosotros en el camino” le reconoció a Ernesto que el micro que le habían asignado se hallaba obsoleto y se lo cambiaron por otro. Pudieron haberlo despedido y así evitaban seguir soportando sus quejas, pero se trataba de un chofer responsable y no deseaban prescindir de sus servicios, al menos por el momento.
No obstante, la unidad que le entregaron en reemplazo de la otra y que se suponía ‘nueva’, ya tenía muchos kilómetros recorridos en su haber. Resultaba evidente que no eran partidarios de soluciones de fondo, todo lo arreglaban con ‘parches’.


Segunda parte

La semana anterior al viaje se habían reunido todos los participantes (cincuenta y dos), incluidos un representante de los profesores, un delegado de la Comisión de Padres y una enfermera del servicio de primeros auxilios del colegio.
El salón de actos bullía… todos hablaban al mismo tiempo, lo que dificultaba al Director su interés de establecer un poco de orden y permitirle así decir algunas palabras, antes del esperado viaje de Fin del Bachillerato.
Una vez que hubo silencio, y apurándose, pues no sabía cuánto tiempo duraría, expresó su deseo de que disfrutaran de la excursión y, además, les recordó que estaban representando al Colegio, por lo tanto solicitó encarecidamente que se desenvolvieran respetando las consabidas reglas de comportamiento.
Apenas escucharon la última frase –FELIZ VIAJE-, la batahola recomenzó y ya era imposible sofocarla…
El día previo al viaje programado al Norte, Ernesto estaba en la oficina del encargado, había ido a recibir la necesaria documentación pertinente, y para ultimar detalles. Durante la revisión comprobó que faltaba la ficha del examen final del micro, con la firma autorizada del Jefe del Taller. Sobre este punto llamó la atención a su superior y éste le respondió en forma bastante despectiva: - Siempre buscando las cuatro patas al gato, Ernesto, ¡TODO ESTÁ EN ORDEN!, déjate de poner hincapié en menudencias.- y antes de escuchar respuesta alguna, agregó: -  Ahhh, y si no quieres hacer este viaje, dilo ya, así tengo tiempo de buscar quien te reemplace…
Siendo las seis y media del Martes quince, media hora más tarde de lo planeado, los eufóricos estudiantes empezaron a subir al micro de la Compañía “Nosotros en el camino”; Camila y Johana, apostadas a ambos lados de la escalerilla para ascender, controlaban en la lista preparada, los nombres de los que subían.
Aquello parecía una fiesta, risas y gritos, un batifondo infernal; los padres abrazando a sus hijos, aprovechando de darles los últimos consejos y recomendaciones.
Hubo un pequeño altercado entre uno de los alumnos que quería, a toda costa, subir al micro con su mochila, y el chofer le repetía, una y otra vez, que el equipaje debía acomodarse en las bauleras situadas a ambos lados del vehículo, en la parte inferior, y que podían subir solamente con un pequeño bolsito de mano. Tuvo que intervenir García, de la Comisión de padres, para hacer entrar en razones al ofuscado jovencito, que ya había amenazado con renunciar a la excursión si no accedían a su pedido.
Después que se puso bien claro que no estaba obligado a viajar, y además, no por ello el viaje se suspendería, recapacitó, quizás no tanto por las explicaciones recibidas, sino por los gritos de varios de sus compañeros que lo acusaban de entorpecer la partida.
Con un retraso de una hora, según se había programado, Ernesto cerró las puertas y puso en marcha el micro. Afuera, en la estación, decenas de manos en alto despedían al contingente.
¡Estaban en camino!
El chofer observó la planilla, allí figuraba que debía llegar a San Salvador de Jujuy a las cinco de la tarde del día siguiente, contaba con un margen de apenas treinta minutos… y ya había perdido más de una hora entre una y otra cuestión.  Si no cumplía con el horario estipulado  le descontarían del sueldo el premio a la puntualidad. La empresa donde trabajaba era muy estricta a la hora de realizar descuentos en los salarios, no así en otros rubros. Y Ernesto tenía muchas bocas para alimentar.
Los chicos habían resuelto hospedarse primero en Purmamarca/Jujuy, recorrer sus maravillosos paisajes, entre ellos la Quebrada de Humahuaca y su Cerro de los Siete Colores, y además conocer el folklore de esa región del norte argentino. Llegado el cuarto día se trasladarían a Salta, donde visitarían sus lugares más emblemáticos, como por ejemplo el Tren a las Nubes y Cafayate. La duración total del tour, incluidos viajes de ida y vuelta más estadía, había sido establecida en diez días.
Camila y otros compañeros pretendían abarcar también la provincia de Tucumán, pero no les alcanzaba el tiempo y tampoco el presupuesto… el norte se hallaba muy lejos de Buenos Aires, su punto de partida.
Ernesto esperó el ingreso a la ruta para pasar a otra velocidad, sabía que llegando a la altura de Catamarca no podría hacerlo, dadas las condiciones del camino. Debía recuperar la hora perdida durante la salida y ése era el momento.
A medida que transcurría el tiempo el fervor de los chicos se iba apaciguando. La azafata ya les había repartido la vianda con la cena, era de noche y algunos reclinaron sus asientos para dormir. El profesor de Geografía, que viajaba en el primer asiento del micro junto a García de la Comisión de padres, se ponía de pie de vez en cuando para controlar que todo estuviera en orden. La enfermera se hallaba ubicada al fondo de todo, al lado de la camarera, y cuando esta última disponía de tiempo libre, se ponían a conversar.
Al tomar un poco de velocidad, Ernesto notó en el volante un cierto vibrar, en especial cuando giraba a la izquierda; al principio no le dio importancia, pero después de unos cuantos kilómetros decidió revisar el posible desperfecto; avisó a los encargados de la excursión que se desviaría un poco de la ruta asignada, para comprobar el estado de las ruedas del micro. Llegaron a una estación de servicio, muy cercana a la ciudad de Tucumán, la mayoría de los alumnos continuaban durmiendo y algunos levantaron sus cabezas… ¿qué pasa, por qué paramos?... ¿ya llegamos?... La camarera, acostumbrada a problemas durante el viaje, caminaba por el pasillo y calmaba a los preguntones… todo está bien, sigan durmiendo, nos paramos para cargar nafta, quédense tranquilos…
De acuerdo con su experiencia, Ernesto creyó conveniente cambiar la rueda delantera izquierda, que era la problemática; calculó que ello demandaría unas dos horas, pues deberían esperar la llegada del gomero, a quien habían llamado para efectuar el trabajo.
Para entonces más de la mitad de los jóvenes pasajeros estaban despiertos, y el silencio nocturno se retiró para dejar lugar a un inesperado amanecer, que se presentaba lleno de sorpresas.
La estación de servicio contaba con un pequeño autoservicio y algunos aprovecharon la pausa obligada para descender del micro. Los chicos compraron snacks, golosinas y gaseosas, mientras que García obtenía un café cortado de la máquina expendedora. El profesor de Geografía permaneció en el micro para controlar a los que continuaban en él, en especial a Bermúdez, que había sido el que protagonizó el altercado con el conductor, y quien se mostraba molesto por la demora.
Transcurrieron más de dos horas hasta que el vehículo estuvo en condiciones de reiniciar la marcha. Ernesto cedió su lugar a Abel, el chofer de relevo, y se dispuso a descansar para recuperar energías.
El sol se insinuaba con timidez en el horizonte, una densa capa de nubes amenazaba con desplazarlo de un momento a otro. Mientras más avanzaban hacia el norte, el cielo se volvía más gris y desafiante. El viento traía un inconfundible aroma a lluvia… y ésta no demoró en llegar con toda su fuerza.
Abel quiso poner en funcionamiento el limpiaparabrisas, pero éste no respondió y el vidrio frontal del micro pronto se vio tapado por una cortina de agua, que impedía por completo la visión exterior. De inmediato dio aviso del problema a su compañero, quien se incorporó enseguida y le aconsejó desviarse hacia la banquina.
Los ocupantes de los primeros asientos manifestaron su inquietud ante lo que estaban presenciando y la azafata les solicitó mantener la calma, como si eso fuera posible.
La calzada se hallaba resbaladiza y, pese a que Abel había comenzado a disminuir la velocidad con intención de detenerse, no pudo evitar el impacto. Un animal de gran porte se apareció de repente y nada pudieron hacer, ya lo tenían encima.


Tercera parte

La colisión fue impresionante… todos los pasajeros recibieron un cimbronazo que a más de uno lo sacó de su asiento. Abel incrustó su cabeza en el parabrisas…Ernesto, que estaba parado en el pasillo, fue arrojado sobre la ventana de la puerta derecha del micro…Graciela, la azafata, cayó de bruces y resbaló hacia la parte delantera del vehículo…los gritos, llantos y quejas de dolor se convirtieron en instantes en un concierto ensordecedor…García tomó las riendas del asunto, con rapidez logró abrir la puerta trasera y ordenó descender y esperar afuera a quienes pudieran hacerlo.
En medio de los golpeados y algunos heridos, apareció el valentón Bermúdez, que empezó a ayudar a sus compañeros, guiándolos hasta la salida.
A todo esto, Ernesto consiguió levantarse, un hilito de sangre corría desde su ojo izquierdo, sin titubear  fue a socorrer a su compañero. Abel estaba inconsciente, el golpe había sido muy fuerte, tenía toda la cara bañada en sangre…trató de sacarlo de aquella posición, pero se percató de que un trozo grueso de vidrio le estaba aprisionando un hombro… era urgente alejarlo de tal situación, de modo que miró a su alrededor buscando algo para hacer palanca y así socorrerlo. El Profesor de Geografía apareció con un hierro, resto de un asiento, y trató de desenganchar al chofer, después del segundo intento, lo logró… juntos levantaron a Abel y lo recostaron sobre dos asientos que estaban cerca. Instantes después la azafata, ya bastante recuperada, aunque todo su cuerpo daba señales de los golpes recibidos, se acercó provista de una caja de primeros auxilios, y con una demostrada maestría se dedicó a la atención del mal herido chofer.
Camila gritaba pidiendo ayuda. Su amiga Johana se encontraba dormida y con el asiento reclinado en el momento de la colisión, por ello no tuvo oportunidad de responder con un movimiento de su cuerpo, que atenuara el efecto del impacto. Su cabeza se sacudió con tal vigor, que terminó golpeando contra el vidrio de la ventanilla contigua y provocando su rotura. Un pedazo del mismo se introdujo en su cuello, del cual comenzó a manar gran cantidad de sangre, comprometiendo su vida. La chica quedó inconsciente, a raíz del golpe y la pérdida de sangre, y de inmediato fue socorrida por Estela, la enfermera provista por el colegio, quien por fortuna se hallaba ilesa, gracias a que viajaba en la parte trasera del micro.
De todos los heridos, que sumaban veintisiete, Johana y Abel eran los que revestían mayor gravedad y debían ser conducidos lo antes posible a un centro de atención.
García se comunicó con el servicio de emergencias para solicitar varias ambulancias, las que se demoraron más de lo debido a causa de la lluvia, cuya intensidad había mermado, pero no dejaba de ser un problema en casos como éste.
Transcurridos diez minutos se oyeron las sirenas, la prioridad en el traslado la tenían Johana y el chofer, ambos con aparente traumatismo de cráneo.
García y Ernesto cargaron a Abel, mientras que el profesor de Geografía y la enfermera  se ocuparon de llevar a la chica con sumo cuidado.
Camila había entrado en una crisis de nervios y debió ser calmada por Graciela, la azafata, quien la contuvo hasta que un paramédico se hizo cargo de su atención.
Los que habían salido por la puerta trasera del micro observaban cómo se mezclaba el agua caída sobre la calzada con la sangre del vacuno muerto a causa del choque. Mientras algunos chicos se compadecieron del animal, otros lanzaban exabruptos dirigidos a éste, echándole la culpa por lo acontecido.
En todo caso, la pobre vaca había estado en el lugar equivocado en el momento inoportuno, como se suele decir a veces…
Las dos primeras ambulancias que partieron rumbo al hospital de Tucumán fueron las que transportaban a Johana y Abel, se acoplaron como acompañantes Camila y Ernesto en cada una.
Lentamente fueron llegando otras ambulancias para socorrer a los demás heridos; un grupo de enfermeras y paramédicos iban determinando la urgencia de cada caso; una decena de policías mantenían el orden en lo que a primera vista pareciera una batalla campal.
Al cabo de unas dos horas, todos los heridos habían sido evacuados rumbo a la capital y diseminados en varios centros médicos para su atención.
Después de dejar a su compañero en manos expertas, Ernesto entabló comunicación con la compañía de transporte para informar del trágico accidente y requerir ayuda para afrontar el lamentable suceso.
A todo esto, la dirección del Hospital Central se había puesto en contacto con la Dirección del Colegio, al cual pertenecía la delegación de alumnos, tanto García como Hernández (el profesor de Geografía) estuvieron presentes y participaron de las notificaciones pertinentes.
Lo que comenzó como un sueño se convirtió, de improviso, en un sangriento episodio que nadie hubiera imaginado que podría ocurrir.
La demora en la partida, el cambio del neumático en mal estado, la tormenta, el limpiaparabrisas averiado y, por último, la vaca que se cruzó en el camino fueron episodios concluyentes, que se fueron encadenando para converger en el siniestro.
Haciendo un análisis de lo ocurrido, la responsabilidad inicial correspondería al alumno Bermúdez, sin cuya intervención que retrasó la salida habrían podido adelantarse a la llegada de la lluvia, poniendo distancia con el lugar en donde tuvo lugar.
De igual modo, si la empresa hubiera provisto ruedas en buenas condiciones, tampoco habría sido necesario detenerse a cambiar una de ellas, hecho que acentuó aún más la demora  y los enfrentó a la tormenta.
Y si no hubiera llovido… y si el limpiaparabrisas hubiera funcionado… y si ese animal no se hubiera cruzado…
Pese a todas las conjeturas, no cabe duda de que el principal responsable del accidente fue la empresa de transporte, cuya negligencia quedó de manifiesto desde mucho antes de poner en marcha el vehículo.
Muchas familias están a merced de sujetos inescrupulosos, que abaratan costos en el mantenimiento de sus unidades y las ponen en ruta sin el debido control, familias cuyos hijos abordan micros con la ilusión pintada en sus rostros y que no siempre regresan con vida.

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Autores
Laura Camus (Argentina)
Beto Brom (Israel)

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*Registrado/Safecreative N°1708133282315
*Imágenes de la Web
*Música de fondo: THOMAS NEWMAN/Next Place/by Joe Black