sábado, 17 de febrero de 2018

INVESTIGACIÓN




La muerte de Liselot Janssen, joven estudiante de medicina (veinticuatro años), dejó de ser una investigación más, para convertirse en una preocupante incógnita para los tres oficiales a los que se les había encargado resolver este caso.

Beatriz Hidalgo, Sebastián Crudo y Daniel Pedernera, estaban sentados en la Oficina de Homicidios y Asesinatos de la Estación Central de Policía de la capital. Cada uno de ellos tenía un buen resumen de la investigación hasta la fecha del caso referido.

-Escúchenme compinches- dijo Beatriz- he leído y releído todos los detalles pertinentes, y cada vez entiendo menos, en una palabra, estoy en ascuas…

Sus colegas, sonrieron, enviándole unas miradas de suficiencia.

-Siempre igual, Oficial Hidalgo - expresó Daniel- no hay que desesperar… tenemos todo el tiempo necesario, ya Sebastián se comunicó con el Jefe y después de explicar los motivos, recibimos una semana más para esclarecer el caso, quédate tranquila y analicemos paso a paso los datos que tenemos.

-Préstame atención, Beatriz, tienes más años que yo en el servicio, es más, recibiste medallas de reconocimiento a tu esmerado trabajo, y ello habla de tu capacidad, experiencia y logros. – Sebastián expresó sus palabras en forma lenta y persuasiva y agregó: - Dime, ¿qué opinión te dejó la declaración del “compañerito” de la difunta?

-Ante todo, agradezco los cumplidos, que viniendo de tu boca, tienen un doble valor, pues últimamente pensaba que no te sentías cómodo trabajando juntos, pero, por lo escuchado….me equivoqué, ja, ja, ja…con respecto a tu pregunta te diré que la carita de timiducho me resultó una simple careta, además, pensaba muy bien antes de responder a nuestras preguntas, era muy obvio entender que no deseaba equivocarse.



Mientras, Mariano Altavista, alias “el pibe”, descansa en el pabellón de los detenidos, sospechoso de asesinato. En la misma celda compartía la estadía, el famoso Juancito, viejo malandra, a escasos dos meses de una larga temporada en la cárcel regional.

-¿Y vos, porque caíste, Pibe?

-Esta vuelta me confundieron con otro, mala suerte la mía.

-No me vengas con pavadas, los cerdos por lo general no se equivocan, dale, larga el fardo, no te me achiques.

La carcajada de Mariano Altavista retumbó hasta el confín de los pabellones. La cicatriz que le atravesaba el pómulo izquierdo se le extendió hasta que se perdió en los estrangulados ojos…

Ambos se midieron…se estudiaron…cada uno quería saber cuánto pisaba en el otro... Habían estado solos hasta ese momento; se apiñaban ahora junto a ellos un puñado de reclusos esperando la gresca.

Las miradas de ambos eran acuciantes, necesitan aclarar donde cada uno estaba parado…

En un instante….el revuelo…la huida…había cambiado la guardia y al ver el grupete armado…entraron con sus armas al grito de: ¡¡¡reclusos cuerpo a tierra!!!

Los que esperaban para el segundo turno, en las galerías encontraron un motivo para reír y hasta para hacer apuestas….

-¡Eh, Juancito y el Pibe…levántense…! Tienen diez días de calabozo sin comida.- Al llevárselos pasaron muy cerca uno del otro…las miradas eran arpones… fuego y prometían “vendetta”…

A los pocos días, la Oficial Beatriz, recibió una llamada telefónica, desde la centralita situada en el subsuelo de la Estación de Policía.

-Aquí la Oficial Hidalgo, ¿Quién habla?

-Mira piba, tengo poco tiempo, así que escúchame bien…puedo darte datos sobre la estudiante, pero quiero diez mil, y que sean en billetes chicos… ¿entendido?

-Ante todo te aclaro que no soy un banco, te equivocaste de número, y a mí no me corras, yo tengo mucho tiempo… ¿quién eres? -Mientras hablaba hacía señas a sus colegas para que escuchen y graben la conversación.

-No la alargues, cerdita, ¿quieres comprar o no?

-¿Cómo sé si tu informe vale algo?

-Hoy a medianoche te espero en el Bar Central, frente a la Dársena C, en el puerto chico, entra y siéntate en cualquier mesa, yo te reconoceré, no olvides la mosca…y ojito, vení sola.- Y se cortó la comunicación.

La oficial Hidalgo vaciló durante algunas horas… ¿Sería una trampa? ¡Podía serlo! ¿Compartir o no la arriesgada entrevista con sus compañeros? ¡No debiera arriesgarlos sin sentido!...así se fueron sucediendo muchas preguntas y suposiciones…

Se avecinaba la tarde y ya había tomado una decisión. Iría sola y como ella pensaba…todo ocurre como y donde debe ser…Con cuidado ocultó el revólver en su bolso de mano, colocó bajo la preciosa blusa de seda el chaleco antibalas, y en su cabeza, una exquisita boina estilo francesa cubría un minúsculo casquete protector. Se perfumó con la mejor esencia, calzó buenos tacos, dio los últimos arreglos en su boca y pestañas postizas y salió, subió a su pequeño escarabajo y enfiló a la Dársena C.

Ya las estrellas brillaban con todo su esplendor….en el medio de la nada…estaba el Bar Central. Estacionó, se persignó y bajó, las luces del lugar eran débiles e invitaban a la intimidad.

Por su lado, los colegas de la arriesgada Beatriz, los oficiales Crudo y Pedernera, al no estar de acuerdo con la decisión por ella tomada en cuanto a ir sola al encuentro, se llegaron, vestidos en forma sencilla y un poco desarreglada como para no llamar la atención, al susodicho Bar, una media hora antes de la medianoche. Se ubicaron en una mesa costanera, alejada del mostrador.

La Oficial Hidalgo, entró en el recinto dueña de un cierto temblor, que bien lo disimuló, dando un rápida mirada al contorno…unos que otros clientes le regalaron un vistazo acelerado y continuaron en sus cosas; un mozo de acercó para ofrecerle una mesa pequeña, para dos, en el centro del bar; ella sin titubear acompañó al servicial dependiente y se sentó de frente a la entrada.

-Enseguida te traeré algo de tomar, oficialita, mientras tanto andá preparando lo acordado, ¿capito?

Ella le contestó con una mirada fría, ausente…pasaron algunos minutos, el mozo le acercó el pedido e indiferente, lo bebió; habían pasado siete minutos de las veinticuatro y sentía que el estómago lo tenía pegado al espinazo… estaba a punto de escapar cuando recordó lo que le dijera el mozo y que en su momento no tomara en cuenta… ¿a qué se refería cuando le dijo: “mientras tanto andá preparando lo acordado, ¿capito?”. No tuvo tiempo de analizar porque la puerta del Bar se abrió. Un hombre alto, bien vestido, de mediana edad y con sombrero, entró.

Se le paró el corazón…ella conocía a ese sujeto….era Juan Filomeno Santewa, un ex oficial de la policía que fuera exonerado por haber sido encontrado en pasos extorsivos vistiendo el uniforme. ¿Era ese el hombre que esperaba o era el destino que los colocaba frente a frente de nuevo?

También los oficiales, compañeros de Beatriz, se percataron de la presencia del expulsado colega. Intercambiaron unas cortas miradas…y decidieron ponerse bien atentos aguardando las posibles consecuencias. Uno de ellos, Pedernera, se levantó y se ubicó cerca del mostrador.

El mozo se acercó al nuevo visitante y le hizo ademán con la mano para que lo siga hacia una mesa cercana, a donde se encontraba Beatriz. Ella, no dio muestras de percatarse, y siguió esperando…

A los pocos instantes, el mozo, se plantó frente a ella y casi murmurando dijo:

-Entregáme la plata y yo le daré el nombre del asesino…

-No me vas a engañar, tránsfuga, conozco tipos de tu calaña…primero el nombre y luego el pago. Andá y decícelo a tu patroncito.

Sin esperar más palabras explicadoras, el mozo caminó unos pocos pasos hasta la mesa de Santewa, dio el informe y se fue para el lado del mostrador.



No se necesitaba ser experto para “percibir” el clima entre estos personajes; un raro hilo los ataba y a la vez los salvaguardaba de las otras miradas.

Sin esperar más, Beatriz, se puso de pie y con la fuerza pintada en su rostro y avalada el accionar de su cuerpo, mostró su revolver a Santewa y le dijo casi en susurro….un susurro áspero, con olor fuerte a nicotina…

-Conozco tus debilidades mal tipo, peor policía…. ¡Ya quiero el nombre o te vuelo el cascarón de cabeza que tenés!

Ahora la cara de ambos había cambiado, la de ella: roja de ira, la de él: blanca mortal…

Algunos parroquianos con cautela ganaron la calle, otros enmudecieron…

El clima sumamente tenso.

La mujer tomó el revólver y se lo puso en la frente del hombre…éste amedrentado balbuceó…

-Esperá…te daré el nombre….

-¡¡¡Si…dale, no tengo más tiempo!!!

Y él se lo dijo con voz entrecortada y la mujer enmudeció…empezó a retroceder…y reponiéndose le dijo… ¡¡esto sí vale lo que pides!!



Dos semanas habían transcurrido desde el incidente en el bar portuario; aún permanecía cerrado, por orden policial, como lo anunciaba el panfleto sellado pegado en la puerta de entrada del recinto.

Se supo por los noticieros, que una comisión interna de la Policía del Cuartel Central, ya había comenzado a trabajar investigando el caso.

No hubo diario que en algunas de sus hojas, dejara de hacer referencia a lo ocurrido aquella noche, bastante trágica, en la Darsena C, la que cobró dos vidas, la de una Oficial de Policía y un ex Comisario, allí presentes.

También se rumoreaba que dos Oficiales, ocupados en el asesinato, aun sin descifrar, de una estudiante universitaria, unos meses atrás, permanecen detenidos, acusados de estar involucrados en las respectivas muertes.

Una gran tensión era posible percibir en toda la ciudad, y especialmente en todos los departamentos de Policía. Los comentarios y las suposiciones, era el tema del día, no se hablaba de otra cosa.



Y pasaron los días…sumaron meses y años…y éstos con su implacable cuota de polvo y olvido, aquietaron la ciudad; pero era inevitable que en reuniones de noctámbulos y memoriosos se deshojara de tanto en tanto alguna hipótesis sobre la Investigación y éstas le devolvían el carácter de vigencia, singularidad y misterio que toda comunidad requiere para quedar impresa en la historia.


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Autores

María de los Ángeles Roccato (Argentina)

Beto Brom (Israel)


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*Registrado/Safecreative N°1802135764791