domingo, 25 de febrero de 2018

La Misión





I
Su pequeña figura se perdía entre el gentío en medio del Aeropuerto Internacional de Guarulhos, donde se desdibujaba entre miles de personas que llegaban, partían o esperaban interminables horas por los atrasos de sus vuelos. Detrás de sus gafas sus ojos parpadeaban entre el cansancio y la incertidumbre por la decisión que había tomado de alejarse de Sao Paulo hacia la pequeña aldea donde había nacido en el nordeste de Brasil y pretendía unirse a un grupo de voluntarios para atender sus necesidades básicas.
Su vocación de servicio era muy fuerte y siempre había soñado con ayudar a los más desprotegidos... Estaba dejando atrás el confort y la buena vida que su familia le había proporcionado para acercarse a un mundo que para ella era casi irreal...
La esperaban en la ciudad de Olinda donde se desempeñaría como enfermera en pediatría de un centro asistencial de ayuda social para colaborar con los proyectos de salud de la zona.
II
Después de aterrizar, recoger sus bártulos y arreglar todos los procedimientos aduaneros, llegó exhausta al hall de salida.
Uauuuu…Que alegría… Un cartel de considerables dimensiones atrapó su vista…
¡¡BIENVENIDA YOLANDA!!... Unos lagrimones saltaron de tanta emoción, dejó en el suelo el equipaje y saludó levantando sus dos manos al pequeño grupo agrupado alrededor del cartel.
Mientras abrazó, uno por uno a sus nuevos compañeros y colegas, caminaron hasta un simpático bus descubierto que los llevaría hasta el campamento sanitario.
Después de acomodarse en la pieza asignada que sería compartida con otras tres enfermeras, fue acompañada por el médico cirujano a recorrer y conocer de cerca el hospital de campaña allí instalado, las distintas salas de internación y demás dependencias.
El primer día, fue un remolino de caras nuevas, todos la recibieron con esa sencillez que llega y tanto imanta, otorgando fuerzas para dar lo máximo que uno puede.
III

Habían transcurrido siete años desde el día de su llegada a ese lugar donde la recibieron de brazos abiertos sin que nadie supiera que ella también había nacido en Olinda.
Los cambios sociales y culturales eran notorios como la mejora en la atención de la salud... La población era mayormente compuesta por niños que iban creciendo con alegría... -El clima atempera el carácter- pensaba Yolanda mirándolos con dulzura en cada consulta en que recibía a madres con pequeños en brazos o a los ancianos que no perdían el gusto por la vida...
Yolanda era feliz, tanto como lo había imaginado. En las tardecitas luego de sus labores le gustaba visitar a los residentes de Olinda que siempre la recibían con suma cordialidad preguntando -"¿gustaría de tomar un café?"- y la sala se llenaba del aroma tibio que venía de la cocina.

Pero cierto día, algo poco común sucedió cuando un niño desapareció de su casa. Los padres y algunos vecinos comenzaron la búsqueda. Sus escasos cinco años no le permitirían pasear solo en aquella zona cercana a la selva, con todos los peligros que ella significaba.

IV

Ya era noche entrada cuando la enigmática noticia llegó a oídos de Yolanda.
Salió de su casa y apresuró el paso con dirección al poblado. Toda una serie de malos presentimientos inundaban sus pensamientos, en vano trató de evitarlos; ya a los pocos metros de llegar hasta la vivienda de la familia del niño desaparecido, se topó con una gran cantidad de personas agolpadas alrededor de la casa.
Un aire de preocupación pintaba sus caras. Allí se enteró que ya habían organizado un grupo de vecinos con antorchas y machetes para salir en la búsqueda del niño.
Con cierta dificultad se hizo paso entre la muchedumbre… En la puerta de la humilde casita, reconoció a los padres afligidos. Se acercó a la madre, era Juliana, una de sus ayudantes en la sala del Hospital, al verla corrió hacia ella, ambas con lágrimas en los ojos se estrecharon en un efusivo abrazo. Las palabras estaban de más.
V

Los padres en medio de la desesperación relataron a Yolanda que temían lo peor dado que corría de boca en boca la leyenda que antaño, cada mes de Abril la población perdía la calma ante la desaparición de pequeños niños, siendo responsables una secta habitante de la Selva Amazónica quienes efectuaban rituales paganos con pequeños de cabello dorado con ojos tan amarillos como el oro como los de Leonardinho.
Durante aquel mes, las madres dormían abrazadas a sus hijos sin separase un instante de ellos. Habían pasado muchos años sin que se repitieran dichos sucesos, y los moradores del lugar evitaban recordar el rumor y preferían pensar que era parte del folklore popular. Pero ahora todo volvía a la memoria de los más viejos y se volvía más real...
Estaban tan alarmados en busca del niño que toda la historia se agigantaba ante la desaparición del pequeño.

Yolanda se estremeció preguntándose si era realidad o una pesadilla. Abrazada a la madre prometió que pondría todo de sí para ayudar en la búsqueda.

Nuestra enfermera tenía un secreto de ocultos poderes que nunca había revelado y ese también fue uno de los motivos por lo cual se había alejado de la gran ciudad. Su misión no era solo cuidar la salud de los niños enfermos... Era volver a sus orígenes por alguna razón...

VI

Recuerdos no muy gratos, vivencias que trató de mantenerlas bien ocultas; el tiempo transcurría y creyó que no volvería a tener necesidad de resucitar sus poderes que no siempre habían dado favorables resultados. Pero las circunstancias permitieron, aunque sin desearlo, que esa noche de luna llena, su otro yo, ese que tanto temía, diga… ¡Presente!
No dudó, vistióse ropas obscuras, un gorro que ocultaba su rubia cabellera y partió, con paso seguro y fuerte, hacia allí, donde los ritos paganos y eufóricos rituales acogerían con sumo interés sus dotes de bruja.
VII
Yolanda era una bruja blanca, cargaba con ese secreto que la agobiaba desde sus cinco años cuando dos individuos pertenecientes a una secta misteriosa que rondaban su casa se contactaron con sus padres, que no eran ajenos a la presencia de esos personajes rondando sus vidas... Luego de algunos encuentros  fueron convencidos que debían permitir realizar un extraño geroglífico que tatuaron en la espalda de la hermosa niña de rizos color oro tan dorados como sus ojos brillantes como el sol...
A Yolanda le perturbaba su historia secreta. Ciertas noches  la visión del "arcángel contra el ángel caído" se repetía en visiones perturbadoras... Por alguna razón en particular, el destino la había llevado de regreso a Olinda, su corazón le decía que ya no podía seguir eludiendo la verdadera razón de su existencia. Había llegado la hora de volver a usar sus poderes anhelando fuera por última vez. Nadie escapa a su destino y Yolanda no podría escapar al suyo.
Ya pertrechada de su atuendo para poner en marcha su misión se dirigió hacia la salida del pueblo.
Era hora de actuar, aunque significara que toda su existencia cambiaría. Todo estaba dispuesto, todo estaba escrito en el libro de la vida... Su misión debía cumplirse para cerrar el ciclo...
Al llegar al campamento de los raptores encontró todo dispuesto para el sacrificio del niño. La secta desconocía el poder de Yolanda de levitar sobre el fuego, y ante el asombro de los brujos arrodillados su luminosa figura se desplazaba sobre llamas. En un lenguaje extraño exigió la entrega del niño. Sarkari, el líder más viejo del grupo le respondió asintiendo en silencio sin mover un solo músculo de su rostro. Desde una choza se escuchaba el llanto del niño pidiendo auxilio. Yolanda levitaba de un lado a otro sobre los siniestros personajes que  intentaban huir, pero los rayos de fuego lanzados por Yolanda alcanzaban a todos y los convertía en cenizas...
El niño observaba sin temor… sentía que la hermosa bruja era su salvación y lentamente entraba en un estado de catalepsia ante la figura irreconocible de la enfermera... una a una iban desapareciendo las chozas bajo el fuego... los ojos de Yolanda lucían del color del oro vidrioso y su cabello dorado resplandecía como las mismas llamas...
Todo iba desapareciendo a su paso y de las cenizas renacía el verde de la selva voluptuosa sin dejar rastro de lo sucedido. El propósito de su misión se había cumplido.
El niño dormía plácidamente debajo de un frondoso cedro cuando sus padres lo encontraron. El pueblo festejó su regreso con danzas y canciones regionales.
Yolanda observaba desde el ventanal de la clínica satisfecha sabiendo que jamás volvería a faltar un niño de su hogar… desde ese día todos los niños nacidos en ese lugar nacerían de cabello negro con ojos más negros que el carbón.
El tatuaje de Yolanda se había desvanecido y su espalda lucía tersa al descubierto de la blusa escotada que llevaba debajo de su guardapolvo blanco. Todo había regresado a la normalidad y reinaba la paz como si lo sucedido hubiese sido un sueño.
Ahora era Leonardinho quien guardaba un secreto que perturbaría su inocencia al preguntarse qué significaba el tatuaje que lucía en su espalda sin poder descifrar el extraño jeroglífico que había descubierto, luego de despertar debajo del cedro en los brazos de su madre.
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Autores
LILIAN VIACAVA (Uruguay)
BETO BROM (Israel)

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*Registrado/Safecreative N°1802235865299
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