miércoles, 3 de septiembre de 2014

La plaza del olvido








Sí, con seguridad ése es el banco - dijo para sus adentros.
Matilde se acercó como si el tiempo la apremiara. 
La plaza en cuestión, era la de su adolescencia, en la cual se reunía con su amigo. 
Hoy en día, abandonada en forma lamentable; las farolas, las pocas en pie, apenas alumbraban, los senderos casi imperceptibles.
La hora era la misma: las 20,30.  
¿Cuántas cosas allí ocurrieron?
Charlas hasta altas horas de la noche. El calor de sus cuerpos que al pequeño roce lograban estremecer inclusive las hojas caídas.
Sus caminos se separaron. 
Ella por uno . . . él por otro.  
Nunca se volvieron a encontrar. 
Hasta aquel aviso pequeño en el diario. Al principio no le dio importancia. Pero algo dentro de ella la obligó a releerlo.
Es por ello que esa noche estaba allí. 
¿Esperándolo?
Dejó su familia sin dar explicaciones.  
Viajó y viajó para llegar a la placita del pueblo.
Sus hijos ya la comprenderían. Su marido quizás no.
¿Vendrá ? 
De seguro que no.
¿Por qué no obstante volvió?


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 Mi vida ya no tenía vuelta atrás. Por eso me jugué el último As de Espada que me quedaba y puse el escueto aviso en el diario. Decía así: “El mismo mes, el mismo día, a la misma hora, en la misma plaza, en el mismo banco. Te espero”.
 Sabía que no iba a ser necesario decir quién lo escribía, o quizá sí, aunque me decía que estaba seguro de que ella sabría quién lo había publicado y hacia quién iba dirigido; por momentos me asaltaban las dudas. Quién me creía yo que era. Ella bien podía haberse olvidado de mí. Al fin y al cabo había sido yo el que un buen día puse fin a la relación y desaparecí sin dejar rastro. Pero había que arriesgarse y así lo había decidido, total mi vida ya no valía nada.
 El día anterior al estipulado tomé el tren que me llevaría hacia el viejo pueblo. Sentado cerca de la ventana vi pasar todo el trayecto como si fuera un sueño, mientras por él pasaba también todo mi pasado. Atravesamos un río, donde el agua reflejaba la silueta esbelta de los sauces llorones recortándose en fila uno al lado de otro bajo un cielo sin nubes color opalino. También pasamos espaciosas llanuras con hermoso sembradíos de lavanda, trigo, maíz y girasol con sus matices de mil colores. Otros campos donde algunos vacunos descansaban bajo la sombra de los pocos árboles que allí había.
 Al caer la tarde el viaje se me hizo tedioso y agotador pero por fin llegó el día siguiente y con él el final del largo trayecto. El tren llegó puntual, como de costumbre. Bajé en el viejo andén aún más derruido con el correr de los años. Caminé hasta la única hostería del pueblo y dejé allí mi escueto equipaje. Almorcé en el pequeño restaurante de siempre, igual a pesar del tiempo transcurrido. Me dediqué a recorrer las antiguas calles mirando los ya casi desiertos jardines y las viejas fachadas de las casas.
 A la hora estipulada fui hacia la plaza. ¡Qué destruida estaba! Me asaltó el miedo. Quizá su viejo amor ya fuera como esta plaza, sólo un ensueño del pasado. Pero no, allí estaba sentada en el banco. Su Banco.
 Me acerqué temeroso y la llamé quedamente por su nombre, Matilde.
 Ella giró lentamente la cabeza y se quedó mirándome. Las palabras se le negaban a salir; parecía que se había quedado muda hasta que pronunció bajito el mío, Michael.
 Como activados por un resorte nos estrechamos en un cálido abrazo. Ella estaba igual de bonita, en cambio yo, sabía que ya no era el hombre atlético que había sido.    Los golpes de la vida me habían cambiado. Volvimos a mirarnos. Quizá en ese momento comprendimos, que lo que queríamos hacer era una locura, que ya no había vuelta atrás. Aún así no parecíamos querer separarnos.
 Nos sentamos en el viejo banco, y poco a poco, como dos viejos amigos nos contamos nuestras vidas. Ella de su matrimonio, ya un poco quebrantado con el correr de los años, pero al que aún quería salvar, sus hijos, sus logros, su futuro. Yo, todos mis fracasos, uno por uno, tanto en mi vida material como en mi felicidad. Reconocí mi culpabilidad en todo, había sido un total tarambana, Tenía la felicidad en sus manos y la dejé escapar. Hoy lo sabía, en ese mismo instante lo había descubierto, no podía arrastrarla a ella a otro fracaso. Ya era tarde.
 Se hizo lentamente la noche. Nos despedimos con un beso apasionado, como ese que nos dábamos al secreto de las sombras en el pasado.
 La vi partir sin mirar atrás. Ella sabía que si lo hacía quizá no regresaría a su hogar, y eso sería un error total.
 Emprendí el camino hasta la hostería. Mis ojos se nublaron, y lloré, lloré por primera vez en mi vida; tal vez fue la tristeza de mi soledad, o acaso, la de estar al fin donde siempre lo quise, sin nadie a quien demostrar que valía algo como hombre que no había sido capaz de destruir otro hogar, su hogar.
 Las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas. Esto no era lo que había planeado. No debería haberme sentido así. Pero en fin, era la vida.
Y mientras caminaba, recordé unos versos que había leído de Gerardo Madrigal Sánchez:

                                              Como un lápiz de exilios,
                                               deambulas por el noble escándalo
                                               de mis inéditos renglones de huesos

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 Ana María Hernáez - Q.E.P.D (Argentina) 

Beto Brom (Israel)

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